Pepe Contreras con Nova

(La siguiente micro novela, tiene su origen en un sueño recordado con todo detalle, producto de la situación mundial general y que nadie. ya nadie está a salvo de vivir una guerra en su pueblo)

En un pueblecito de la provincia de Jaén, España, la familia Contreras vivía en una tranquilidad que hacía tiempo había sido desvanecida por las sombras de la guerra.

Nadie en su sano juicio creería posible la aparición de soldados armados en sus apacibles calles. Sin embargo, el horror finalmente había llegado, pintando el cielo con destellos y el aire con ruido de disparos.

La familia decidió refugiarse en la casa de sus primos, compartida con una tienda de ultramarinos y un bar restaurante.

En esa primera noche de miedo, antes de los disparos, el patriarca de la familia, Antonio Contreras, se aseguró de que la puerta estuviera cerrada, las persianas bajadas y no hubiera señales de vida en el interior. Pero, a pesar de sus precauciones, sabían que eran observados desde fuera.

A la mañana siguiente, aún temblando por los eventos de la noche, su refugio fue violado de forma inesperada. Un comandante de la fuerza ocupante, vestido de blanco impoluto, entró en la casa sin violencia. Con voz firme, exigió conocer al cabeza de familia. Antonio, un periodista conocido, y su esposa, Clara, médica respetada, se adelantaron. El comandante, con una mezcla de respeto y autoridad, explicó que necesitaba su colaboración.

“El conflicto durará meses”, anunció el comandante sin titubeos. “Necesitamos un lugar donde podamos operar y mantener cierto orden. Abran el restaurante y ofrezcan servicio, mi familia y yo nos quedaremos aquí.”

La propuesta no dejó lugar a la negociación. Antonio y Clara intercambiaron una mirada, sabiendo que su seguridad y la de sus hijos dependía de su disposición. Adaptaron rápidamente el restaurante para atender tanto a los locales como a los ocupantes. Con el paso de los días, el miedo empezó a transformarse en rutina.

El restaurante se convirtió en un inesperado centro de esperanza y asistencia. Clara, haciendo uso de su conocimiento como médica, atendía tanto a soldados como a vecinos heridos, ganándose el respeto y la protección del comandante. Antonio, a su vez, escribió crónicas ocultas de esos días, comprendiendo que su rol era más importante que nunca; documentar la verdad para el futuro.

Una noche, mientras el conflicto aún resonaba a lo lejos, Antonio y Clara se tomaron un momento juntos, mirando el cielo desde una ventana. “Tenemos mucha suerte,” murmuró Antonio, abrazando a su esposa. “Hemos ayudado a tanta gente, y eso es lo que ha mantenido todo esto en pie.”

Clara asintió, sintiendo el peso de sus logros y los sacrificios realizados. “Y seguiremos haciéndolo,” respondió con determinación. “Por nosotros, por nuestros hijos y por todos los que siguen buscando esperanza en medio de este caos.”

El amanecer trajo consigo una calma momentánea. No sabían cuánto duraría la ocupación, ni cuándo el conflicto encontraría su fin. Pero en medio de la incertidumbre, la familia Contreras había encontrado una fuerza interna, una conexión con su comunidad y una razón para seguir adelante.



Reflejos de realidades

El paso de los días en aquella casa convertida en refugio y punto de encuentro forzado había dejado huellas imborrables en la familia Contreras. Mientras el comandante y su familia ocupante mantenían una fachada de normalidad, en lo más profundo de sus ojos se atisbaba la sombra de la responsabilidad y el peso de sus decisiones estratégicas.

Una noche, Antonio y Clara se encontraron en el silencio de la cocina, iluminada por la luz de una vela parpadeante que apenas lograba disipar las sombras. En un gesto casi rutinario, se tomaron de las manos, recordando juntos el sufrimiento de los inocentes atrapados en medio de conflictos que iban más allá de su comprensión.

“Las víctimas reales están lejos de las mesas de despacho y cerca de las calles polvorientas,” murmuró Clara con voz entrecortada por el peso de lo vivido. “Son aquellos que huyen del peligro, que arriesgan todo por un hálito de paz en un mundo desgarrado por la violencia.”

Antonio asintió, sintiendo la verdad de sus palabras resonar en su interior. “Nosotros, en esta pequeña trinchera de esperanza, hemos sido afortunados,” admitió con humildad. “Pero no podemos olvidar a aquellos cuyas vidas se ven destrozadas sin haber elegido ese camino. Son ellos quienes verdaderamente pagan el precio de la guerra.”

Y así, en medio de esa noche teñida de sombras y susurros de lejanos disparos, la familia Contreras se abrazó en un pacto silencioso de recordar, de honrar a los caídos y de seguir adelante con la convicción de que, en medio de la suerte que les había sonreído, debían levantar la voz por aquellos cuyas historias nunca saldrían en los titulares.

La mañana siguiente les recibo con un sol pálido que prometía un día de relativa calma. España, una vez más, había sorteado las garras de la tragedia, pero en el corazón de Antonio y Clara, la llama de la memoria ardería eternamente por aquellos que la guerra no había dejado regresar a sus hogares.



Descubre más desde

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario

Descubre más desde

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo