By Pepe Contreras / Nova / WP / Leonardo/ Lucía 1959
Capítulo 2: Ecos del Corralito
El sol apenas iluminaba los tejados de la ciudad cuando Pepe Kanalla, con su gabardina arrugada y su sombrero inclinado con el ángulo justo para esconder sus pensamientos, se adentró en la sucursal bancaria objeto de su investigación.
Soplaba un viento frío al compás del desasosiego que crecía entre los clientes del banco, muchos de los cuales se aglomeraban nerviosos en las afueras, murmurando entre sí, lanzándole miradas que iban desde la esperanza al escepticismo.

Pepe se detuvo un momento, observando el flujo de personas que entraban con gestos tensos y salían con el doble de confusión estampada en sus rostros.
No era difícil darse cuenta de que el banco era ya un hervidero de rumores, especulaciones y teorías tan diversas como disparatadas.
Desde un simple problema técnico hasta un elaborado plan de corrupción, nada parecía demasiado descabellado para aquellos ansiosos ciudadanos.

Uno de los primeros pasos en la reconstrucción de los hechos fue dialogar con Javier, el jefe de caja, hombre de mediana edad cuyo uniforme impecablemente planchado contrastaba con el evidente temblor de sus manos.
Javier había sido el encargado de recibir a aquel primer cliente que, al igual que muchos otros que le seguirían, se quedó impactado al no poder acceder a su dinero para el trivial gasto del café con leche.
—Pepe, te juro que en mis años nunca he visto nada igual —dijo Javier estampando sus manos en el mostrador, dejando huellas de su preocupación—. El sistema simplemente no permitía el acceso a los fondos, todo parecía estar bien, pero no lo estaba.
Kanalla sabía que el diablo estaba en los detalles. Mientras Javier pasaba las hojas con extractos y cuentas, Pepe se concentraba en el flujo de operaciones, buscando un patrón, un error, una sombra de alguien con el conocimiento y la habilidad para orquestar un desfalco que ahora ascendía a casi 80 millones de euros.
No era una operación llevada por un individuo sin visión; requería ingenio y sobre todo caos, algo que la situación actual estaba proporcionando a manos llenas.

Haciendo uso de su red de contactos, Pepe se había enterado de que el Departamento Nacional de Delitos Financieros había empezado a mostrar interés.
Esta confirmación de su participación le ponía en un cruce incómodo entre los protocolos oficiales y su estilo personal de investigación, muchas veces poco ortodoxo pero siempre efectivo.
Con el día apenas comenzando, Pepe decidió aventurarse hasta el modesto apartamento del primer cliente afectado. Sabía que ahí encontraría un relato más que necesario para completar el mosaico de lo que podría desencadenarse en un desastre financiero de proporciones nacionales.
La puerta se abrió lentamente ante la visita del detective. Lorenzo, un hombre en la plenitud de sus años, ya se encontraba resignado a un par de situaciones inusuales, tamborileando nerviosamente sobre la mesa de su salón.
—Déjame contarte cómo empezó todo, Pepe —afirmó Lorenzo con una voz impregnada de pesar—. Un mal día me fijé en que de mi cuenta solo podía sacar promesas vacías.
El cuadro que Lorenzo presentó no era alentador; la repetición de estos episodios en otras sucursales delineaba un colapso inminente, pero había algo más, una capa de secretismo que ni siquiera Lorenzo parecía notar: un silencio que crecía desde la entidad bancaria y amenazaba con devorar cualquier intento de transparencia.

Pepe sabía que tenía que actuar rápido. Extendiendo sus contactos, sus sospechas comenzaban a converger en un nombre que había sido incapacitado para actuar en el ámbito bancario años antes, un espectro del pasado, conocido por su habilidad para estar un paso adelante y dejar solo las cenizas de sus trabajos anteriores.
Aquella noche, mientras el reloj marcaba la medianoche, Pepe se sentó en su escritorio, revisando nuevamente sus notas. Estaba decidido a seguir los esquemas de un posible fraude, las sombras de un espectro financiero que se arrastraba entre las grietas del sistema. Sabía que el reloj no era su único enemigo y el tiempo corría en contra de todos ellos…
Seguirá…

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