Los casos de Pepe Kanalla: la verdad duele (último capítulo)

Pepe Contreras / Nova AI / WP AI / Leonardo AI

Pepe Kanalla, el legendario detective jerezano, se encontraba en su oficina llena de humo, contemplando la única pista tangible que había recibido en semanas: un sobre de papel marrón sin remitente, marcado únicamente con las palabras «La Verdad Duele». Había llegado esa misma mañana, y desde entonces, Pepe no podía desprenderse de esa sensación de que finalmente estaba cerca de desentrañar el misterio que había mantenido a toda la ciudad en vilo.

El caso de los fondos desaparecidos de la conocida entidad bancaria había sacado lo peor de él. La injusticia le hervía la sangre, y saber que su confidente había desaparecido justo cuando parecían estar cerca de resolver el enigma, sólo incrementaba su frustración. El silencio del confidente, alguien en quien había depositado su confianza, se sentía como una traición personal, alimentando su desdén por la mentira y la deslealtad.

Las sombras danzaban en la pared mientras Pepe repasaba mentalmente toda la información que tenía. Sabía que esas desapariciones no eran obra de un simple ladrón. Había sido meticuloso, y cualquier paso en falso podría suponer la diferencia entre el triunfo y el caos.

Un escalofrío cruzó su espalda al pensar en las últimas palabras del confidente durante su última conversación: «Están más cerca de lo que piensas». Consciente de los riesgos, Pepe decidió visitar el café donde solían reunirse. Quizás allí encontraría respuestas, o al menos algún indicio del paradero de su informante.

El café tenía una atmósfera densa, cargada tanto por el aroma del café fresco como por el murmullo incesante de los clientes. Sin embargo, la silla en su mesa habitual estaba vacía, y el camarero se encogió de hombros cuando Pepe preguntó por su amigo desaparecido.

De repente, un rostro en la esquina del café captó su atención por un instante. Era una cara familiar, perteneciente a alguien involucrado con el banco, que parecía sumamente interesado en los movimientos de Pepe. ¿Podría ser la llave para desentrañar el misterio, o simplemente otro eslabón perdido en una cadena de engaños?

Era el momento de actuar. El cazador se había convertido en presa, y Pepe sabía que no podía permitirse fallar. Con una determinación renovada, salió del café, preparado para seguir cualquier pista que lo llevase hasta la verdad. La última batalla estaba por comenzar, y Pepe Kanalla no descansaría hasta que se hiciera justicia. Lo que ignoraba era que tendría que cruzar el Atlántico…

Pepe se apartó del bullicioso tráfico mientras ajustaba el auricular de su móvil al oído. La señal era débil, pero la voz de su confidente, al que ahora llamaba Diablo, sonaba nerviosa, quebradiza, casi paranoica.

—Pepe, no puedo verte en un lugar público —insistió Diablo, su voz zumbando con la estática de fondo—. No sabes quién podría estar escuchando.

—¿Escuchando? —replicó Pepe, su paciencia al borde—. Diablo, llevamos demasiado tiempo arriesgando el pellejo en este caso. Si tú no fuiste quien envió esos fondos a su destino, entonces honestamente, ¿quién lo hizo? No puedo seguir trabajando a ciegas.

Diablo dejó escapar un suspiro tenso, su respiración se aceleraba, audiblemente atrapada entre el miedo y el deber.

—Hay cosas que no entiendes, Pepe. Cosas que van más allá de una simple cuenta bancaria.

Pepe, famosamente intolerante con la evasión y las meias verdades, esbozó una mueca de desaprobación. El misterio, denso y oscuro, estaba calando profundo en su propio juicio.

—¡Basta de rodeos! —exigió Pepe, su voz cortante como una navaja—. O me lo cuentas todo ahora o esto se acaba aquí mismo.

Un silencio pesado colgó en el aire, roto solo por el zumbido distante de la megafonía en el fondo de la llamada. Una voz difusa, casi indistinguible, pero familiar para Pepe, como un eco de otro tiempo y lugar.

De repente, los engranajes de la mente de Pepe comenzaron a engranar. Había escuchado esa voz antes, en un lugar relacionado con el banco. Su corazón comenzó a latir más rápido mientras se esmeraba en recordar.

—¿Dónde estás, Diablo? —inquirió, bajando el tono pero sin recular en intensidad.

—En el… —empezó Diablo, pero se calló, atascado entre la decisión y el miedo.

Pepe endureció la mirada, sintiendo cómo la red se cerraba. Su instinto le decía que estaba al borde de una revelación, algo que cambiaría las reglas del juego. Y entonces, Diablo, entre dientes que temblaban, murmuró:

—Pepe, si realmente supieras… No me llamarías Diablo sin razón.

El temblor en su voz era inconfundible, casi ceremonial en su confesión implícita. Pepe supo en ese instante que las piezas del rompecabezas comenzarían a encajar.

—Mira, Diablo —advirtió Pepe, con la calma de un vendaval acechando—. Llevo muchos años en esto, y créeme cuando digo que nadie juega conmigo para salir impune. Lo pagarás caro si esto es un juego.

Con el eco de la amenaza de Pepe aún resonando, la llamada se cortó abruptamente. Pepe se quedó mirando su móvil, la pantalla apagada reflejando su mirada decidida. Sabía que la verdad estaba cerca, y sería implacable con quien la había escondido hasta ahora.

Pepe Kanalla estaba más alterado de lo que había estado en mucho tiempo. La frustración y el enojo bullían en su interior como una caldera a punto de estallar. Con un suspiro pesado, decidió recurrir a la persona que, por encima de todos, podía calmar sus tormentas: su eterno amor, la jueza andaluza que siempre sabía qué decir. Tomó su teléfono y marcó su número.

—Pepe, ¿otra vez tú? ¿Qué ha pasado ahora? —contestó ella con una voz serena aunque cargada de preocupación.

—Nada que no sea una locura, mi querida Lola —respondió Pepe, su frustración apenas contenida—. Te he hablado del caso, de Diablo y sus evasivas, del damnificado banco. Todo un embrollo.

Lola, conocedora del temperamento de Pepe, dejó escapar una risa suave que siempre lograba colarse en sus capas más duras.

—Pepe, sabes lo que suelen pir todos en estos casos: sigue la pista del dinero. Nunca falla. Puede que sea complicado, pero será la clave —dijo ella con una firmeza que rebosaba sabiduría—. Y si llegas a la conclusión de que es una mentira, estate seguro de que es una gran mentira con cimientos mucho más oscuros de lo que imaginas.

Su consejo, empapado de experiencia y perspicacia, se perdió en el mar de pensamientos furiosos de Pepe. Respiró profundamente y asintió, aunque ella no pudiera verle.

—Lo sé. Eres mi brújula, Lola, y lo agradezco. He de ver más allá de este enredo. Cigüeña toma mejores decisiones que yo cuando se trata de volar en tempestad.

—Pepe, lo que quiero decir es que estamos ante algo serio, posiblemente peligroso —replicó Lola, con una urgencia palpable—. Pero confía en ti mismo y en lo que sabes. Solo, por favor, ten cuidado. El caos persigue a quienes hurgan en lugares oscuros.

Tras colgar, Pepe meditó sus palabras. Se sentía renovado, reafirmado en su misión. Diabólicamente ansioso, con nuevos ánimos, volvió a marcar al número de Diablo, decidido a continuar hasta el final.

Esta vez, a medida que Diablo atendía, la voz de la megafonía era nítida, clara. Como un faro en la niebla, las palabras en un tono caribeño reverberaban en su memoria, llevándole a recordar aquel infierno tropical que había visitado.

Pepe Kanalla y Lola disfrutaron de un viaje tranquilo al Caribe, alejándose por un tiempo de la presión de sus carreras vinculadas a la justicia. El vuelo fue una rara oportunidad para hablar de ellos mismos, dejando de lado el caso y permitiendo que fluyera la conversación sobre sus sueños, esperanzas y el peso de sus responsabilidades.

Llegaron al hotel con sol tropical acogedor, donde fueron recibidos con chupitos de bienvenida. Ya en sus habitaciones separadas, acordaron encontrarse luego en la terraza del hotel.

Pepe, con su instinto infalible, notó a Diablo, su confidente, sentado a una mesa en la terraza. Con una mezcla de discreción y urgencia, pidió al camarero que le comunicara a Diablo que tenía una llamada.

Diablo reaccionó sorprendido al recibir el mensaje, casi volcando su silla en la confusión. Su expresión cambió al ver a Pepe acercarse con determinación.

—Pepe, por favor, no me hagas nada. ¿Qué haces aquí? —balbuceó Diablo, visiblemente perturbado.

En ese momento, dos policías gubernamentales de paisano llegaron a la escena. Uno de ellos, un viejo conocido de Pepe, le saludó con afabilidad.

Pepe sonrió al policía y, tras un breve intercambio de palabras, Diablo fue esposado y conducido a la comisaría. Allí, bajo la presión de las preguntas, desgajó la maraña de su historia.

—¡Pepe! ¿Qué tal, compañero? —dijo el policía con una sonrisa, añadiendo—. ¿Nos llevamos a este pájaro o lo dejamos aquí para que cante un poco más?

Resultó ser que Diablo había tejido una realidad alterna en su mente, mezclando fragmentos de verdad con pura invención. Sorprendentemente, los informes policiales revelaron que manejaba una cantidad importante de dinero, obtenida de maneras aún desconocidas, pero claramente ilícitas.

Con el caso cerrado, y las disculpas debidamente aceptadas, Pepe se acercó a Diablo una última vez en la comisaría.

—Parece que vas a pasar un buen tiempo aquí, amigo —dijo Pepe, con un atisbo de humor en su voz—. Espero que disfrutes de tu estancia. Y quién sabe, quizás encuentres algo de redención en el camino.

El fin de semana se alargó hasta una semana completa para Pepe y Lola, quienes decidieron disfrutar de las playas y la tranquilidad del Caribe. Entre caminatas por la orilla y conversaciones bajo la luz de la luna, reflexionaron sobre la complejidad de la vida y las vueltas inesperadas que a veces toma.

Y así, la historia llegó a su fin, dejando en el aire el futuro incierto de Diablo y el merecido respiro de Pepe y Lola. Pero como sucede con todas las buenas historias, nuevas aventuras y misterios aguardaban en el horizonte para ser descubiertos en otro momento.

FIN


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