Relatos cortos de novela negra con Pepe Kanalla
Pepe Contreras / Grok3 / Canva
Lo sabía, lo sabía”! 😄 — Las luces de Cádiz parpadeaban en la noche, reflejándose en el salitre del mar. Yo conducía mi viejo Mercedes Benz por la costa, con el corazón a mil.

A mi lado, Marina, la mujer que había puesto mi mundo patas arriba.
Pelo negro como la noche, ojos que cortaban como navajas, y una sonrisa que escondía más secretos que el Kremlin.
Lo sabía, lo sabía, vivía con una espía.

Todo empezó con sus “vuelvo enseguida” a medianoche.
Misiones raras, maletines que nunca abría, y un perfume que olía a peligro.
No era de la CIA, ni del KGB, ni del MI6, pero algo tramaba. Anoche, todo explotó.
Los malos, los de siempre, nos encontraron. Sombras con gabardinas baratas, persiguiendo al “gato jeans”, como Marina apodaba a su contacto, un tipo escurridizo con botas de punta fina.
Aceleré por la carretera, con el motor rugiendo como mi cabeza. Marina, calmada, sacó un gadget del bolso, algo entre un boli y un láser. “¡Apártate, Pepe, apártate!” gritó.
Con una precisión milimétrica, apuntó por la ventanilla y, ¡zas!, el coche de los malos dio un trompo y se perdió en la cuneta.
. “¿Quién eres?” balbuceé. Ella solo guiñó un ojo y dijo: “Sigue conduciendo, socio”. Horas antes, en el bar La Caleta, me había dado pistas sin querer.
Habló de un “gato con botas y compañía”, de operaciones que nunca explicaba. Yo, un podcaster de Panorama, estaba metido en una peli de acción sin guión. Cuando los malos aparecieron, supe que no eran matones cualquiera. Querían algo que Marina guardaba, quizás en su mirada afilada o en ese maletín que nunca soltaba.
Tras la persecución, paramos en un acantilado. El mar rugía abajo, como si aplaudiera su victoria. “Lo sabía, lo sabía”, murmuré, todavía en shock. Marina rio, su voz como un saxo en el estribillo de nuestra canción. “Pepe, no todo es lo que parece. Pero eres buen copiloto”.
No era de la CIA, ni del KGB, ni del MI6. Era algo más, algo que Cádiz y yo nunca entenderíamos. Subimos al coche. Las trompetas de una banda imaginaria resonaron en mi cabeza, celebrando que seguíamos vivos. “¿Y ahora qué?” pregunté.
Ella sonrió, encendiendo un cigarrillo. “Ahora, Pepe, seguimos cantando”. Y con el amanecer pintando el cielo, supe que, espía o no, Marina era mi aventura.

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