OPINIÓN · LA VOZ INCÓMODA
Votar con el alma herida
El 11-M yo estaba junto a Atocha. Tres días después voté en estado de shock. Veintidós años más tarde, Urda nos devuelve a las urnas con otra herida abierta.
Pepe Contreras
Periodista sénior e impulsor de Panorama · 3 de noviembre de 2026
Hay días que no se eligen. El 11 de marzo de 2004, el destino profesional me tenía en la puerta del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, junto a la estación de Atocha. Allí escuché las bombas. Una de ellas, con una nitidez que no he olvidado. No hay nada más indescriptible que el ruido de una explosión: se te mete en el alma y ya no hay quien te lo quite. Yo estaba allí. Lo vi. Lo viví.
Podría no haberlo contado. Tenía previsto irme a vivir a Torrejón de Ardoz y, como tantos miles de personas, habría ido y vuelto a Madrid en tren. Uno de los trenes que estallaron pasaba justo a la hora en que yo lo habría cogido. Fue lo que pudo ser y no fue. Siempre he pensado que Dios me tiene algo reservado, que algo importante tengo que hacer por los demás. Si no, no lo entiendo.
Al día siguiente salí a la calle armado solo con mi cámara. Fotografié aquellos días y estuve en las manifestaciones, en las de un lado y en las del otro, en todo lo que luego fue historia. Sabía que mi etapa en Madrid se acababa, pero nunca pensé que terminaría de una forma tan triste.
No fui de los heridos. Mi herida más grave la llevo en el corazón y en el alma. Algunos compañeros desaparecieron de sus despachos. A otros no los volví a ver nunca. Otros quedaron tan tocados que dejaron su trabajo y buscaron una vida menos expuesta. Desde entonces estoy unido a Madrid para siempre y, a la vez, soy incapaz de vivir en ella. Allí se quedaron demasiados recuerdos y demasiado de mi alma.
Tres días después fuimos a votar. Lo recuerdo como si fuera hoy, y todavía me duele: al dejar mi papeleta en la urna sabía que todos los que me rodeaban estaban tan tristes como yo. Votamos en estado de shock.
Veintidós años después, me preocupa lo mismo: votar sin saber. Votar cuando aún no se conocen los culpables ni se han depurado las responsabilidades, cuando la investigación apenas empieza. Urda no es el 11-M. Aquello fue un atentado, con nombres y apellidos de quienes lo instigaron y lo ejecutaron. Esto es un accidente. Pero las dos son tragedias enormes, y las dos pesan sobre la mano que deposita el voto.
Me dirán que no estamos en estado de shock. Quizá tengan razón. Lo que estamos es cabreados, con un cabreo permanente que crece con cada cosa que descubrimos. No creíamos que en este país hubiera gente capaz de tanta negligencia, gente que no se dejara la piel en cada detalle para hacer las cosas de forma impecable.
El prestigio del AVE me importa poco. La vida de una persona me importa todo.
De momento no pienso subirme a un tren. Como tantos españoles, estoy pensando cómo moverme a partir de ahora. Hasta que no tenga claro que las cosas se han arreglado y que los trenes circulan con seguridad, haré huelga de brazos caídos. Y eso que no hay nada más cómodo que llegar a un sitio a la hora prevista. Aunque últimamente, ni eso.
Lo que sí tenemos es derecho a exigir a la clase política que deje de convertir el Congreso de los Diputados en un barrio bajo de la más baja estofa. Hay quien ya se ve gobernando y no repara en nada.
Esta debería ser la campaña más elegante de nuestra historia. No pido que se suspendan los debates. Pido que se entienda, de una vez, que los asuntos de Estado solo salen adelante con la mayoría y el apoyo de todos. Hace mucho que no veo un pacto de Estado. Veo venganza. Veo sed de poder. Y eso, permítanme decirlo, da un poco de miedo.
Pepe Contreras es periodista sénior e impulsor de Panorama. Durante cuatro años trabajó en la Administración General del Estado en Madrid.
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