By Pepe Contreras & Claude (IA)
Hace dos meses, en plena campaña, a Juanma Moreno le preguntaron por la ‘prioridad nacional’ y respondió sin titubear: un eslogan efectista, una frase hueca. Fuegos artificiales de Vox. La Junta, recordó, no tiene competencias en inmigración. Llegó a llamarlo ridículo, y hasta amoral.
Eso decía en mayo. Esto firmó el jueves: «El acceso a todas las ayudas, subvenciones y prestaciones públicas se inspirará en el principio de prioridad nacional». Literal, punto por punto, la frase hueca. Sesenta días separan al Moreno que lo llamaba humo del Moreno que lo estampa con su firma. O mentía entonces, o sabe que firma humo ahora. Elijan ustedes qué opción les tranquiliza más en un presidente.

Esa es la estocada. Y quien la ha dado no ha sido Abascal desde Madrid. Ha sido el hombre del que hablamos en el primer acto: Manuel Gavira, el del perfil bajo, el que avanzó casilla a casilla sin que casi nadie quisiera mirarlo, hasta plantarse delante del rey. Porque esto, más que una investidura, fue una partida de ajedrez. Y la apertura la ha ganado Vox.
El documento se firmó media hora antes de la votación, con la oposición votando a ciegas un texto que no había podido leer. Ciento cincuenta puntos. Dentro: la prioridad nacional aplicada a ayudas, vivienda protegida y alquiler social; el rechazo frontal a acoger más menores migrantes; auditorías del gasto en inmigración, sanidad incluida; una Ley de Concordia para antes de fin de año.
Y dos silencios que gritan: en 150 puntos no aparece ni una vez la violencia machista. Ni una mención al colectivo LGTBIQ+. A cambio, el PP recibe una sola cosa: presupuestos garantizados hasta 2030. Vox obtiene poder y agenda; Moreno obtiene tiempo.

La hemeroteca, por si hiciera falta, guarda otra escena. Julio de 2024: Vox amenaza con romper por la acogida de una treintena de niños llegados de Canarias, y Gavira acusa a Moreno de traicionar a los andaluces. El presidente responde con aquella frase que dio la vuelta a España: «Vamos a seguir con el corazón así de ancho, rompan lo que tengan que romper». Dos años después, el del corazón ancho firma el rechazo frontal a esos mismos niños. Y el destinatario de aquella respuesta es hoy su vicepresidente.
Conviene no engañarse sobre el adversario: Vox ya no improvisa. Repite la misma apertura en todos los tableros — vicepresidencia y consejerías en Castilla y León, en Aragón, en Extremadura, y ahora en Andalucía una sola consejería que vale por cuatro.
Quien negocia siempre con el mismo esquema no está tanteando: está ejecutando un manual. Y ha conseguido algo más valioso que los despachos: que su adversario hable su idioma. Cuando el que llamaba «frase hueca» a tu eslogan acaba firmándolo, has ganado el vocabulario de la partida.Si se comparan los lenguajes de Abascal y Feijóo
Pero una apertura no es la partida. Gobernar esto va a ser tremendamente complicado: las medidas ya conocidas encontrarán contestación en la calle, en los tribunales y en Europa. Y la izquierda andaluza, que denuncia con razón el «robo democrático» de las formas, tiene ante sí su propia lección pendiente: aprender a organizarse cuando toca, que es ahora, y donde toca, que es Andalucía. La indignación del día después no sustituye al trabajo del día antes.
El tablero queda así: Vox ha coronado su primer peón. El PP conserva el rey a cambio de medio tablero. Y Andalucía, como siempre, es el tablero.
No se muevan de la butaca. En el tercer acto veremos si un vicepresidente de perfil bajo sabe también gestionar, que es un juego bastante menos agradecido que negociar.
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