Crónica parlamentaria

Este domingo, cuando Juanma Moreno tome posesión en San Telmo, jurará al frente de un gobierno que ya ha tenido su primera desavenencia pública antes de nacer. Esta es la disección de la cuota de poder que Vox ha vestido en Andalucía, pieza a pieza, y de la pregunta que nadie está haciendo: si Manuel Gavira es el próximo muñeco roto de la colección de Moreno, o algo bastante más duradero.


Este domingo, en el Palacio de San Telmo, Juanma Moreno toma posesión de su tercer mandato. Lo hace con la mayoría parlamentaria más amplia que ha respaldado a un presidente andaluz desde Rafael Escuredo, y con un gesto que él mismo había declarado imposible durante años: Vox dentro del Consejo de Gobierno. El propio presidente ha reconocido estos días que no está contento, que su objetivo era otro, que gobernar así será más complicado que hacerlo en solitario. Pocas veces un vencedor ha celebrado tan poco su victoria.

Floating medieval armor with glowing electric sparks in blacksmith's forge
A medieval suit of armor floating with electric sparks in a dark forge

Prometimos en el primer acto de esta serie contar lo que hay debajo del titular, y aquí está. Recordemos primero la cifra que lo ordena todo: con este pacto, el cuarto en dos meses tras Extremadura, Aragón y Castilla y León, más de trece millones de personas —algo más del veintisiete por ciento de la población española, uno de cada cuatro— viven ya bajo un gobierno del que Vox forma parte. Y Andalucía no es una pieza más de ese mapa: es la pieza. Sus 8,6 millones de habitantes superan a las otras tres comunidades juntas.

La armadura, pieza a pieza

El hombre que encarna ese salto se llama Manuel Gavira, y conviene mirar con lupa lo que va a vestir, porque su consejería no existía hasta esta semana. La Consejería de Turismo, Desregulación, Justicia y Administración Local, con rango de vicepresidencia, se ha construido troceando tres departamentos del gobierno saliente, todos en manos del PP.

Del área de Arturo Bernal recibe el turismo, el gran motor económico de la comunidad y, no por casualidad, la misma cartera que sostuvo a Juan Marín cuando Ciudadanos ocupó este mismo lugar. De la consejería de José Antonio Nieto recibe la justicia y la administración local: la primera supone dirigir una de las mayores plantillas de justicia transferida de España; la segunda, la relación institucional con los 785 ayuntamientos andaluces.

Sanz y Bonilla

Y de la órbita de Antonio Sanz hereda, al menos nominalmente, el territorio de la desregulación, la única competencia verdaderamente transversal del lote: no gestiona un sector, interviene sobre la producción normativa de todo el Gobierno.

A eso se suman las incrustaciones ideológicas, que no van en el rótulo sino en el rango: competencias en inmigración y despoblación cosidas a la vicepresidencia. Y fuera del Ejecutivo, dos piezas más: una vicepresidencia de la Mesa del Parlamento y uno de los cinco senadores de designación autonómica que hasta ahora correspondían íntegros al PP.

Igual de reveladora es la ausencia. La Función Pública, que en el gobierno saliente iba unida a Justicia y Administración Local, no figura en la denominación de la nueva consejería. Si el decreto de estructura lo confirma, el PP se reserva la llave del personal: Vox podrá desregular, pero no tocar la plantilla. Es el tipo de detalle que separa un reparto de poder de una escenografía de poder.

Y hay un segundo detalle que esta semana ha dejado de ser hipótesis: Moreno ha adelantado que Gavira no será su único vicepresidente. Traducción: la segunda silla del Consejo será compartida, y el orden de prelación —que fijará el decreto de reestructuración— decidirá cuánto pesa exactamente el rango que Vox exhibe como trofeo.

El precedente que el propio Moreno ha invocado, el de Juan Marín, delata la arquitectura de la operación: rango protocolario máximo, cartera de peso medio. Las consejerías que mueven el grueso del presupuesto —Salud, Educación, Hacienda— permanecen íntegramente en manos populares.

La costura sin soldar

Dijimos que había una frontera sin deslindar en el organigrama, y no ha hecho falta esperar al decreto para verla tensarse. La «desregulación» de Gavira y la «simplificación administrativa» que gestionaba Antonio Sanz son, en la práctica, la misma política con dos nombres. O el decreto de estructura reparte esa materia con bisturí, o el gobierno nace con dos hombres pisando la misma baldosa transversal, la que toca a todas las consejerías a la vez. Sanz, por cierto, ha salido estos días a defender el acuerdo apelando a la lealtad institucional. Tomen nota de la palabra, porque la lealtad, en los gobiernos de coalición, no se declara: se administra. Y en un ejecutivo compartido las fricciones no estallan en los grandes debates ideológicos, que están pactados por escrito, sino en las zonas grises del organigrama, donde cada expediente es una pequeña disputa de soberanía.

Que nadie piense que exageramos: el primer desencuentro público ya se ha producido, a menos de veinticuatro horas de la firma, y sobre el punto más sensible del pacto. Moreno sostiene que la «prioridad nacional» del acuerdo es sinónimo del arraigo que ya existía en la normativa. Gavira le ha corregido en público: el arraigo, ha dicho, es solo uno de los requisitos. No es un matiz técnico; es la disputa por quién posee el significado del pacto. Y un acuerdo cuyo significado está en disputa desde el primer día es un acuerdo que se seguirá negociando cada mañana.

Mientras tanto, los chuzos han caído de punta desde todos los frentes: la oposición, los sindicatos, el tercer sector, el Gobierno central. La líder del PSOE andaluz ha llegado a decir que a Moreno «se le ha caído la careta». No entraremos aquí al ruido; nos interesa más el silencio: el de un presidente que definió en campaña la prioridad nacional como un «lío» y como literatura para el electorado ajeno, y que ha acabado poniéndole su firma. Ese contraste no lo señala esta columna: lo señala la hemeroteca.

La teoría de los muñecos rotos

Y aquí es donde este cronista debe confesar una teoría propia, forjada en años de observar cómo se administra el poder en Andalucía. La llamo la teoría de los muñecos rotos, y funciona como el niño de la fábula: recibe un juguete, lo adora, lo lleva a todas partes, lo exhibe. Hasta que un día la novedad se agota, el juguete pierde todo valor y queda en el rincón, con la mirada fija de los juguetes que ya no se usan.

El primer muñeco de esta colección se llamó Juan Marín. Ciudadanos entró en San Telmo en 2019 con vicepresidencia, con rango, con focos. Cumplió su función: hacer posible el primer gobierno no socialista de la historia autonómica. Y cuando su partido se desangró a nivel nacional, Moreno convocó, arrasó y gobernó solo. Ciudadanos desapareció del Parlamento andaluz y Marín pasó a la historia como una nota al pie. Nadie rompió el juguete con violencia; simplemente dejó de interesar.

La pregunta que nadie está haciendo es si Gavira ha entrado en la misma vitrina. Y la respuesta honesta de quien esto escribe, que conoció al personaje cuando nadie le hacía caso, cuando venía a los micrófonos modestos porque los grandes no lo llamaban, es que este muñeco es de otra pasta. Por tres razones.

La primera: Vox ha aprendido. El partido llegó a Andalucía escaldado de los pactos anteriores, de las cesiones a cambio de nada, y esta vez ha exigido y obtenido lo que Ciudadanos tardó años en entender que debía exigir: poder ejecutivo verificable, presupuestos de legislatura firmados, piezas institucionales fuera del Ejecutivo.

La segunda: Gavira no depende de la marca como dependía Marín. La frase que lo persigue —«no parece de Vox»— es su mejor activo y la clave de esta historia. Abogado de trayectoria limpia, formas de político clásico, administración cuidadosa de sus tiempos y de su comunicación. Donde Abascal es trinchera, Gavira es despacho. Es, objetivamente, el contrapunto del líder nacional dentro de su propio partido.

Y la tercera razón es consecuencia de la segunda: ese perfil lo convierte en un activo nacional, no solo andaluz. En cualquier reordenación futura de Vox —y los partidos que crecen deprisa siempre acaban reordenándose—, el dirigente que gobierna sobre 8,6 millones de personas con maneras que no asustan al votante moderado es una carta que ninguna dirección puede permitirse romper. Eso lo protege del destino de Marín.

conviene decirlo todo: lo que protege a un político de su adversario a veces lo expone ante los suyos. Los contrapuntos incomodan, y los partidos verticales no siempre premian a quien brilla con luz propia


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