CON V DE VIVIENDA
Una crónica de Pepe Contreras (@pepeconjerez)

I. CON V DE VIVIENDA
«Carla y David solo persiguen un sueño, vivir en una casa, un trabajo online, cuidar de sus hijos.»
La primera vez que vi a Carla y a David estaban sentados en el suelo de un piso vacío, comiendo pipas sobre un periódico abierto por la sección de alquileres. No había sillas. No había nada. Solo ellos, dos niños que corrían de una habitación a otra haciendo eco, y una barriga de cuatro meses que Carla acariciaba sin darse cuenta.
—Este no es nuestro —me dijo David antes de que yo preguntara nada—. Es de un amigo. Nos lo deja mientras tanto.
Mientras tanto. Tardé semanas en entender cuánto pesaban esas dos palabras.
Yo había llegado con una grabadora y una libreta, dispuesto a escribir una crónica sobre la vivienda. Tenía cifras, gráficas, porcentajes de esfuerzo salarial. Lo que no tenía era una cara. Ellos me dieron dos, luego cuatro, luego cinco.
Carla llevaba una carpeta azul a todas partes. Dentro estaban las visitas: más de cuarenta pisos en año y medio. Algunos habían desaparecido del portal antes de que llegaran a verlos. En otros, el agente les enseñaba el salón con prisa, mirando el reloj, porque detrás esperaban seis parejas más. Una vez les pidieron doce meses por adelantado. Otra, que ella no estuviera embarazada «porque el propietario prefiere perfiles sin cargas».
—Sin cargas —repitió Carla, y se rio de una forma que no era risa—. Como si mis hijos fueran una mochila.
Yo apuntaba. Siempre apuntaba. Era lo que sabía hacer.
Una tarde de primavera, David llegó a la plaza donde habíamos quedado con un folleto arrugado en la mano. Cooperativa de vivienda. Hogares a precio de coste. Construye tu barrio. Lo leyó en voz alta como quien lee un billete de lotería premiado.
Los acompañé a la primera asamblea. Era un local de barrio con sillas de plástico y un proyector que se apagaba cada diez minutos. Había jubilados, parejas jóvenes, una madre sola con su hija adolescente, un fontanero que preguntaba por las tuberías antes que por el precio. Nadie se conocía y, sin embargo, a la media hora ya se pasaban termos de café.
Aquello no era un mercado. Era otra cosa. Por primera vez en meses vi a Carla sin la carpeta azul apretada contra el pecho.
Después vinieron los papeles. Avales, certificados, estatutos, reuniones con el banco, más reuniones. David se aprendió de memoria palabras que nunca había necesitado: adjudicación, subrogación, préstamo promotor. Carla dio a luz a su tercer hijo entre la firma de dos documentos. Yo seguía apuntando, pero cada vez escribía menos datos y más nombres.
El día que les dieron las llaves llovía. Me acuerdo porque los niños entraron chorreando y dejaron huellas en el parqué recién puesto, y nadie les dijo nada. David se quedó en el umbral un rato largo, sin entrar.
—¿No pasas? —le preguntó Carla.
—Quiero acordarme de esto —contestó él.
Yo también me acuerdo. Guardé la libreta en el bolsillo y, por primera vez en toda la historia, no escribí nada. Pensé que la crónica había terminado. Que era una historia con final feliz.
Me equivocaba.

II. CON V DE VIENTO
«Es la hora de la economía con corazón y no de los buitres que se abalanzan sobre la carroña y sobre los restos de familias dignas, humildes y trabajadoras.»
La llamada me llegó un martes por la noche. Era David, y hablaba muy despacio, como cuando alguien lee algo que no termina de creerse.
—Ha llegado una carta. Dicen que la deuda ya no es del banco.
Fui a su casa esa misma noche. La carta estaba sobre la mesa de la cocina, entre un bote de colacao y un dibujo del mediano. Un fondo de inversión, con un nombre en inglés que nadie sabía pronunciar, había comprado el crédito de la cooperativa. Nuevas condiciones. Nuevas cuotas. Un plazo.
Leí el documento tres veces. Estaba escrito en ese idioma que usan los papeles cuando no quieren que nadie los entienda. Pero la cifra final no necesitaba traducción: la cuota mensual se disparaba hasta comerse casi todo el sueldo de David.
Carla no lloraba. Eso fue lo que más me impresionó. Tenía al pequeño dormido en brazos y miraba la carta como se mira a un perro que enseña los dientes.
—Tiene que ser un error —dijo—. Esto es una cooperativa. Es nuestra.
No era un error.
En las semanas siguientes, el local de las sillas de plástico volvió a llenarse, pero ya nadie se pasaba termos de café. El fontanero, que antes preguntaba por las tuberías, ahora preguntaba por abogados. La madre sola ya no traía a su hija. Los jubilados hablaban bajito, como en los velatorios.
Yo seguía yendo con la grabadora. A veces la encendía. Casi siempre no. Había algo obsceno en grabar el miedo de gente que me había invitado a cenar.
Intentaron negociar. Escribieron correos que nadie contestaba. Llamaron a un teléfono que siempre derivaba a otro teléfono. Pidieron una reunión y les mandaron a un intermediario con traje y sonrisa de folleto, que repetía la misma frase como un disco rayado:
—Nosotros solo gestionamos el activo.
El activo. Ahí estaban otra vez las palabras que convierten a las personas en cosas. Primero cargas, ahora activo. Los hijos de Carla habían pasado de ser una mochila a ser una línea en un balance.
David empezó a hacer horas extra. Luego un segundo trabajo los fines de semana. Adelgazó. Dejó de venir a las asambleas porque no llegaba. Carla hacía números en el reverso de los dibujos de los niños, porque ya no quedaba papel limpio en casa. Los números nunca salían.
El primer impago llegó en invierno. El segundo, un mes después. Luego vinieron las notificaciones, el juzgado, una fecha.
El día del desahucio me levanté antes de que sonara el despertador. Llegué al portal a las siete y ya había vecinos en la acera, algunos con pancartas hechas con sábanas. Hacía frío y viento, un viento que se colaba por todas partes y hacía volar los papeles.
Arriba, Carla había metido la vida en cajas de mudanza. Once cajas. Las conté sin querer. El mediano llevaba su dibujo favorito doblado en el bolsillo del abrigo. El mayor preguntaba si iban de vacaciones.
—Algo así, cariño —le dijo su madre.
Cuando llegaron los funcionarios, David se puso en el umbral. En el mismo sitio donde se había quedado quieto el día de las llaves. Esta vez tampoco quería entrar ni salir. Solo quería que el tiempo se parara.
No se paró.
Bajé las escaleras detrás de ellos con una caja en los brazos. En algún momento me di cuenta de que ya no era el cronista. Era uno más cargando cajas. Y me di cuenta también de algo peor: que mi libreta, con todas sus cifras y porcentajes, no había servido para evitar nada.
En la calle, el viento arrancaba las sábanas de las pancartas. Carla se quedó mirando la ventana de lo que había sido su salón. Luego me miró a mí.
—Tú que escribes —me dijo—, cuéntalo. Pero cuéntalo bien.
III. CON V DE VOZ
«No te vengas abajo y lucha contra ellos, busca quien te pueda hacer realidad tu sueño: vivir dignamente.»
Pasé semanas sin poder escribir una línea. Abría la libreta y solo veía cifras que ya no significaban nada. Once cajas. Tres niños. Una carta con un nombre en inglés.
Fue Carla quien me sacó de ahí, aunque ella no lo sabe. Me escribió un mensaje corto: Asamblea el jueves. Trae la grabadora. Esta vez sí.
El local de las sillas de plástico estaba lleno otra vez, pero ya no se hablaba bajito. Había gente de otras cooperativas, de otros barrios, de otras ciudades. Todos con la misma carta, el mismo fondo o uno parecido, el mismo intermediario con sonrisa de folleto. Resulta que no eran una historia. Eran un patrón.
El fontanero, que ya no preguntaba por tuberías ni por abogados, se levantó y dijo algo que apunté palabra por palabra:
—Nos han tratado como si estuviéramos solos. Pues vamos a demostrarles que no.
A partir de ahí todo fue muy rápido. Hubo quien se encargó de los carteles, quien de hablar con la prensa, quien de cuidar a los niños durante las reuniones. La madre sola volvió, y esta vez trajo a su hija, que resultó ser la que mejor manejaba las redes. David, con ojeras de dos trabajos, aparecía los domingos con bocadillos para todos.
Y yo, por fin, entendí para qué servía mi libreta. No para contar la historia de ellos. Para contarla con ellos.
La manifestación fue un sábado de sol. Después de tanto viento, parecía una broma del cielo. Salimos de la plaza donde David me había enseñado el folleto arrugado, aquel billete de lotería. Al principio éramos unos cientos. Cuando llegamos al final del recorrido, ya no podía ver dónde terminaba la gente.
Había carritos de bebé, bastones, bicicletas, abuelas con pañuelos en la cabeza. Había sábanas otra vez, pero esta vez bien atadas. En la más grande, pintada a mano por los niños de la cooperativa, se leía:
VIVIENDAS PARA FAMILIAS, NO PARA FONDOS
El mediano de Carla y David iba subido a hombros de su padre, gritando la consigna con una voz que todavía no había cambiado. Llevaba en el bolsillo el mismo dibujo doblado del día del desahucio. Me lo enseñó: era una casa con cinco personas en la puerta y un sol enorme encima.
—Es la de antes —me dijo—. Pero la vamos a recuperar.
No sé si la recuperarán. No quiero mentir en esta crónica, porque Carla me pidió que la contara bien. Lo que sé es que aquel día salimos en las noticias, que hubo políticos que tuvieron que responder preguntas incómodas y que, por primera vez, el nombre en inglés del fondo se pronunció en voz alta en muchos sitios. Mal pronunciado, pero en voz alta.
Al terminar, nos sentamos en un bordillo. Carla se quitó los zapatos. David repartía los últimos bocadillos. Yo saqué la libreta, y Carla la miró de reojo.
—¿Y ahora qué vas a escribir?
Lo pensé un rato.
—Que hay tres uves —le dije—. La de vivienda, que es lo que os quitaron. La de viento, que es lo que se lo llevó. Y la de voz, que es lo que no os pueden quitar.
Ella sonrió. Esta vez sí era risa.
Empecé este reportaje con cifras y porcentajes. Lo termino con nombres. Carla. David. Tres niños. Un fontanero. Una madre y su hija. Unos jubilados que ya no hablan bajito. Y un cronista que aprendió tarde que contar una historia también es una forma de ponerse del lado de alguien.
Yo estuve allí. Esto pasó. Y todavía está pasando.
BANDA SONORA
Esta historia también tiene canción: «Con V de vivienda», de La banda de Pepe Kanalla (3:27).
https:// suno.com/song/152d4fd3-1ee5-4619-9ab5-1d4c68a06736
Los versos que abren cada acto son de su letra.
Es con uve,
con uve de vivienda,
con uve de viento,
con uve de voz, la que te damos en Panorama.
Pepe Contreras (@pepeconjerez), cronista y testigo.
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