Ilustración generada con IA
BlaBlaCar
Sin AVE, España redescubre el coche compartido: diez millones de usuarios, de todas las edades, y una idea que nació de un tren lleno
He echado un vistazo a las estadísticas del coche compartido, el de personas que van al mismo sitio y aprovechan las plazas libres de un vehículo, para ver cómo está en el resto del mundo y cómo está en España. Porque aquí hay mucha gente que lo usa, y no se crea el lector que es solo gente joven: los hay de todas las edades y de todos los colores. ¿Cuánta gente lo usa aquí? ¿Cuánta en Europa? ¿Y de dónde sale esto?
Los números responden solos. Unos diez millones de españoles, más de uno de cada cinco, han probado alguna vez BlaBlaCar, y en el último año lo usó millón y medio de personas. Y no, no son solo chavales: la edad media de sus usuarios es de 35 años, cuatro más que hace una década, uno de cada tres tiene entre 30 y 40, y hombres y mujeres se reparten ya a partes iguales.
Tampoco es caro. El conductor fija el precio, pero la plataforma le pone un tope para que se compartan gastos y no se haga negocio. Un viaje medio en España sale por unos 14 euros, y entre Madrid y Sevilla hay plazas desde unos 15 o 20; estos días, sin AVE, el precio medio hacia Andalucía ha rondado los 29 euros. Andalucía, por cierto, es la comunidad donde más se usa: hay viajes compartidos en el 99 % de sus pueblos. En el mundo, la plataforma reúne unos 40 millones de usuarios activos al año en 41 países.
Y su historia empieza, precisamente, con un tren lleno. En la Navidad de 2003, el francés Frédéric Mazzella quería volver a casa de su familia, no tenía coche y no quedaban billetes. Su hermana fue a recogerlo y, por el camino, se fijó en cuántos coches iban con una sola persona. En 2006 nació Covoiturage.fr, que acabaría llamándose BlaBlaCar. España fue el primer país al que llegó después de Francia, en 2009.

No es una forma de viajar pensada solo para jóvenes. Puede usarla cualquiera que quiera ahorrarse un dinero en el desplazamiento y esté dispuesto a ponerse en manos de la pericia de un conductor al que, muchas veces, no conoce. Por eso en BlaBlaCar duerme poca gente, y quien se duerme lo hace porque ya sabe quién va al volante.
Tiene, además, otras virtudes. Fomenta algo cada vez más raro: que dos desconocidos hablen durante horas. Y, sobre todo, le da rentabilidad a un coche que nos ha costado un ojo de la cara y que, entre el combustible y la cuota, acaba pasando la mayor parte del tiempo aparcado en casa mientras tomamos el transporte público.
BlaBlaCar es un signo de los nuevos tiempos. Hoy todo el mundo mira a su alrededor y se pregunta: ¿y ahora qué? Quienes han perdido a los suyos en Urda saben bien a qué me refiero. Y quienes no, pero ahora tienen que cambiar de vida sin recursos para hacerlo, también. Basta pensar en quienes tenían sus vacaciones en este puente: cuántas reservas de hotel anuladas, cuántas comidas que no se servirán, cuánto se ha quedado por el camino.
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